El clima del planeta está siempre en continuo cambio, bien sea por causas naturales o alterado por la actividad humana.
Más de un 70% del planeta está cubierto de agua, de la cual cerca del 96% pertenece a los océanos, en consecuencia, la influencia de los mismos sobre el clima es evidente.
Dentro de esa influencia la más determinante deriva de las corrientes marinas.
Para comprender esa influencia, resulta necesario entender que la circulación marina a gran escala es consecuencia de la densidad del agua causada por las diferencias de temperatura y salinidad o corriente termohalina, y actúa cómo una auténtica cinta transportadora oceánica, como también se la define.
Esta combinación de salinidad y temperatura marca la densidad del agua marina.
El movimiento del agua marina deriva fundamentalmente de las diferencias de densidad relativa.

De forma simplificada podrían extraerse las siguientes conclusiones:

• El agua más densa se hunde situándose bajo el agua menos densa.
• El agua fría es más densa que la cálida.
• El agua intercambia calor con la atmósfera, enfriándose en zonas de alta latitud y calentándose, por efecto de la energía solar, en zonas de baja latitud.
• A mayor concentración de sal mayor densidad.
• A mayor evaporación, mayor concentración de sal.
• El agua más salada disminuye su salinidad, y, por tanto, su densidad se reduce si recibe un aporte de agua dulce.

Este comportamiento de las corrientes marinas es determinante para el clima del planeta eso explica, por ejemplo, porque nos influye tanto las corrientes del Ártico pese a que la mayoría de la población mundial no resida en esas latitudes.
La circulación del agua marina forzada por esas diferencias de densidad relativa viaja desde el Ecuador hacia latitudes más altas perdiendo calor y también aumentando su salinidad, en consecuencia, aumentando su densidad hasta que cerca de Groenlandia se hunde hasta las capas más profundas recorriendo en un largo viaje las profundidades de la cuenca del océano atlántico hasta alcanzar el Océano Glacial Antártico dónde aflora de nuevo y se enfría volviendo a hundirse en las profundidades, fluyendo de nuevo en dirección Norte incorporándose, parte hacia la cuenca Atlántica y parte al Pacífico y el Índico, ascendiendo paulatinamente a zonas de menor profundidad y calentándose cerca del Ecuador regresando de nuevo al Atlántico Norte.

Este flujo continuo es mayor en la cuenca Atlántica que en el Pacífico ya que su densidad salina es mayor como consecuencia de la orografía marina más estrecha en el océano Atlántico y la mayor influencia de las circulaciones atmosféricas en esta zona del planeta que inciden en la pérdida de humedad y, por tanto, en una mayor salinidad del agua.

En definitiva, se trata de un intercambio de calor entre las distintas zonas de planeta y, en buena parte, la correa transportadora son los océanos, mecanismo que se ve alterado como consecuencia del calentamiento global que puede modificar esos ciclos influyendo sobre la densidad del agua marina por mayor aporte de agua dulce ocasionada por el derretimiento del hielo marino, todo ello, sin tener en cuenta a su vez, la alteración sobre los fenómenos meteorológicos que supone dicho calentamiento.
Si la corriente termohalina se viese interrumpida supondría, por ejemplo, que, los beneficios que la corriente más cálida procedente del Ecuador nos aporta haciendo más benigno el clima en Europa y el Atlántico Norte disminuiría notablemente, y comportaría un importante descenso de la temperatura en esta zona.

Lo que no debemos olvidar es que si alteramos el balance energético del planeta cambiamos su punto de equilibrio y el planeta buscará formas de reequilibrarse lo que incrementará la aparición de fenómenos meteorológicos extremos influidos, en buena parte, aunque no solamente, por la alteración del flujo de agua marina.

Equipo Jambo

Foto: Argonne National Laboratory